Ni el último ni el primer rincón del mundo.

Loja, nuestra campiña, siempre ha estado alejada del resto del mundo por varias razones: al norte con Quito por las malas carreteras; al sur y occidente por un conflicto absurdo con el vecino y al oriente por una interminable selva; además de tener poquísimos vuelos aéreos y escasas tecnologías de comunicación. En estas condiciones es que el pensamiento y cosmovisión lojanos evoluciona dentro de una burbuja con límite el Villonaco. Una cosmovisión hermosa pero limitada; sana pero atemporal, asincrónica; que la ennoblece pero también la retrasa.

Tenemos trabajadores, pero emigran; tenemos cantautores, pero triunfan imitando canciones; futbolistas, artesanos, emprendedores y profesionales que triunfan en cualquier parte fuera de Loja. Por citar algunos ejemplos: en el turismo, un cuencano no vendría a Loja a conocer nuestro patrimonio arquitectónico, ni un guayaquileño a hacer negocios; tampoco galapagueño viajaría por conocer nuestros ríos ni un quiteño a aprender en nuestro parque industrial.

Loja puede ser un destino si logra pensar globalmente para actuar localmente. Pensar globalmente implica entender que “existe un mundo detrás del Villonaco”, que el conocimiento, la experiencia, los mercados, la tecnología de fuera, es inconmensurable frente a lo que tenemos. Si solamente nos enorgullecemos con frases como “en Loja hablamos el mejor castellano del mundo” o tal vez por encerrar un par de jirafas creer que hemos cambiado una identidad turística a nivel internacional, en realidad lo único que lograremos es nuestro atraso.

El lojano necesita ese sacudón para que se le caiga de la mente ciertos chovinismos que nos hacen creer que somos el centro del mundo … ¡si!, como si se tratara de una “terapia para reducir el narcisismo social

Volar más allá del Villonaco le significa al lojano, no dejarse acomplejar por las grandes culturas milenarias ni religiones, le significa no dejarse intimidar por aplastantes imperios de poder y dinero. No dejarse corromper por las bajas pasiones de dictaduras, terrorismos, patriotismos o mecanismos perversos de explotación.

Si va a volar más allá del Villonaco, el lojano metería su ciudad en un alforja, su identidad, su tierra y raíz para ofrecerla al mundo que aún no sabe de su existencia ya que Loja no es ni el último ni el primer rincón del mundo.