Anduve en pueblos pequeños
y en ciudades populosas;
me perdí por mil caminos,
y en las calles rumorosas,
me envolvieron de cariño
mil chiquillas buenasmozas.

Mi corazón se ha quedado
de tanta emoción y olvido,
como arnero perforado
por las fechas de Cupido.

Y en esto de andar y andar
con mi guitarra y mi canto
tuve pena y dicha al par;
y por si quieren saberlo
hallé corazón de amigos,
ternura y afecto firme;
pero un rato sin quererlo.
hice mi quipe para irme.

Mi alma quedó de repente
repartida entre la gente,
por eso con gran tristeza;
crucé senderos de abrojos;
y agachando la cabeza
la pena sequé en mis ojos.

En verdad, de todo lado
me alejo con gran congoja;
más se adormece el costado
cuando me regreso a Loja.

Donde al nacer la mañana
nos despierta algún chilalo
y envidiosa la sucaca
desde una planta de luma
le contesta ronca y tosca;
y entre las ramas esbeltas
de una pomarrosa en flor
se oyen trinar las chirocas
en las mañanas de sol.

Suipes, guishcos y bichauches
revuelan por todo lado
y se oye un coro distante
de tordos que han despertado
dándole a bienvenida
al hermoso amanecer.

Oigo la voz de mi madre,
siento sobre mi cabeza
su caricia como un sueño
viéndola con dulce empeño
como nos sirve la mesa.

Venga el tacho de agua hirviendo
y el chucho para filtrar
ese café que en mi tierra
como en ninguna se da.

Venga en sango, venga el molo
también la buena cecina
aunque el cuchilo motolo
ya no la pueda cortar.

Algunos cuentos en versos
nos brindaban los abuelos;
y a la hora del almuerzo
un buen repe y fidigüelos.

Y como en la abuela impera
su manía de chancar
sobre su batán, nos muele
con la múchica ligera
algunas hierbas que suelen
dar buen gusto al paladar.

Se cocinaba con leña
con carbón o con astillas
y se hacía todo en casa,
el pan y la mantequilla.

Con unos chantes pendía
la escusa desde el tumbado,
pues en ella se ponía
el pollo bien adobado,
el queso, carne y morcillas,
para que nunca el mishico
melindroso y avispado
pueda meter el hocico.

Con el afán de mashar
las gallinas recorrían
nuestro huerto familiar;
cuando raspaban, comían
toda clase de gusanos,
zúngaros y algunos granos;
urusungos no tenían,
por eso en su gallinero
muy tranquilas se dormían.

Había un patojo huaco
que hacía de mandadero,
por ser filático y flaco
le decían finfirriche;
era tispo el majadero,
y su pelo negro y duro
como los de un chinicuro;
muy lento para un mandado,
para el tirajebe un as,
a los llangaches en vuelo
se los bajaba en un tas;
en los árboles subía
con muchísima destreza
y las cushas destruía
sin que le diera tristeza;
un día le dieron beta
le chinieron el trasero
porque le quebró el guargüero
al mejor gallo guarico
él se baño de despecho
viringuito en el molino,
se secó con gangocho
y prosiguió su camino.

Pantalón cutungo y quetas,
usábamos de chiquillos;
y entrábamos en las huertas
abriendo grandes portillos.

Aún en mi boca existe
dulzor de frutas silvestres
que Dios nos dio sabiamente
y sin que nada nos cueste;
se cogía a manos llenas
los quiques y las joyapas
y también eran muy buenas,
las moras y las salapas.

Con Luis Pineda una tarde
nos comimos frutas verdes
zúparas, sosas y gamas,
pero como eran ajenas
nos parecieron muy buenas;
por poco me voy a al nicho,
me dio tremenda lipidia,
él casi muere con güicho,
por comer panela y media.

Recuerdo muy claramente
que en noche muy fría
mientras estaba la gente
ocupada en el rosario:
un hombre de mala traza,
andaba rondando el barrio
y con sus llaves hechizas
quiso robar en la casa;
como había sido virolo
abrió la puerta del sastre;
me lo dejó sin un traste,
se le llevó las camisas,
los bujingos y la plancha
y si es que no se la arrachancha
se la lleva a su señora,
que se levantó a esa hora
a pichir para ir a misa.

Lluste, descalzo y sin fiambre,
asomó un niño verraco;
para mitigar su hambre,
le dimos bollos y shungos;
y un pantalón con un saco
para que no ande curungo.

Para hacer un buen abono
de huertos y de floreros,
los campesinos sacaban
shusha de los gallineros;
como crecían las plantas
las jícamas, los arupos,
era hermoso ver con flores
todos los alrededores.

Se me viene a la cabeza
la negra que me gustaba
que con una gran destreza
su cabello destambaba.

Viven en mi pensamiento,
los chasos que tanto quiero
gente de agua, sol y viento
buenos, nobles y sinceros;
son personas sin complejos,
sin prejuicios ni temores;
y si quieren insultarnos
nos dicen alcanfores.

También recuerdo a Contento
con su aguardientosa tripa,
buchido en la llashipa,
brincando de cocha en cocha
pisaba los jimbiricos;
y a su facón mangulero
en alguna piedra tocha
lo afilaba y lo volvía
navaja de peluquero.

Traía el coche más gordo
de la cunga con un lazo,
le desarmaba el tramojo
y el hundía el cuchillazo;
por el aire se esparcía
un berrinchar tan penoso
que al más sordo estremecía.

El animal no podía
moverse a ningún costado
porque estaba apicotado
contra una estanca muy fuerte;
después del largo alarido
Contento ponía a su cliente
una piedra entre los dientes.

Nos sentábamos al ruedo
del coche que lo chaspaban;
y después que lo rapaban
era una delicia el cuero.

Un espectáculo hermoso
para todos los glotones
era ver entre la brasas
la paila de chicharrones.

Se alistaban las chiquillas
para embutir las morcillas,
otras, entre cantos y risas,
rellenaban longanizas;
y entre chanfaina y fritada
tomaba puro la hinchada
para evitar que en la noche
los vaya a patear el coche.

Luego sonaban vihuelas
y voces tan delicadas,
que por ser tan afinadas
nos destemplaban las muelas.

El compadre se ha enojado,
pues lo llamaron tataco
dejando a su lado su saco
peleó como un condenado;
y después de un buen cocacho
un ñeco y un apanche
hinchado y con mala traza
se marchó para su casa.

Una guanchaca ligera
camina sobre el tapial
con un pollo güitiringo
que robó de algún corral.

Todo el mundo se acurruca,
hace dar chirincho el frío,
se escucha en la noche oscura
sólo el murmullo del río.

Se levantan como locos
los mashos de su guarida,
sobre las jergas se tiende
hecho surullo la gente
para quedarse dormida.

Amaneció el tío Shalva
changando de su guitarra,
chinchoso de haber nacido
guapo y con tan linda voz,
por todo el mundo querido,
era el mimado de Dios.

Un amigo de la casa,
que recibió una heredad
para darnos la luyanza
nos llevó a su propiedad,
en su mansión
de bahareque
había comida y orquesta,
y alegría en todas partes
para comenzar la fiesta.

Se percibían los sambates
desde el suelo al soberado;
y se olía penetrante
el náparo en todo lado.

En la cocina ese día,
una chica atolondrada
con la marmita que hervía,
se pringó por descuidada;
con la sopa chirle, chuya
que era la merienda,
se sollamó las dos changas
y aunque estaba muy oronda,
salió corriendo ese rato
solo con chulla zapato.

En la calle un cuto orate
irlingo y de la mala traza
insultaba a todo el mundo
tratándoles de zoquetes;
el muy zopenco empujó
hasta al pobre sacristán
que fue a dar un sopetón
a un cucho lleno de piles,
allí quedó avergonzado,
medio muerto y azorado.

Se salió de los carriles,
el cura y entró al relevo,
le dio el descharche al orate
tomándolo de la jimba
y golpeándolo en el mate;
el loco le chantó un huevo
que chuleco había estado
y el huevo huero quedó
en la calva del prelado;
con jaboncillo y lejía
le lavaron la cabeza,
pero el olor persistía
con muchísima agudeza.

A gozar por un momento
del agua fresca del río
nos íbamos a Jipiro
o también al Boquerón
y con las tulpas del río
se formaban un buen fogón,
para hacer la carne asada
mazmorra, mermelada,
el arroz-seco sin cushmas
y freír las empanadas
hábilmente repulgadas.

Para atizar el brasero
y para unir los tizones
usaban un hurgunero,
y soplaban los carbones;
y se cocían los granos,
que sacaban con las manos
desamarrando torzales
de talegas y morrales.

En una shigra venía
para aguantar el ayuno,
máchica, tintura, chuno,
alfeñiques, bocadillos,
masapanes y quesillos,
sarandajas y cuajada.

Se revenían las melcochas,
la comida nos mishiba
todo se desperdiciaba.
A escondidas los pelados
y sin que nadie lo note,
se comían por puñados
la mapagüira con mote.

Después de comer, jugaban
con jurupes a la moña
y aunque tenían por montones
por un chereco peleaban
porque el más guincho ganaba.

Arastrándose en el suelo
rejuntando las tapillas
rompían los pantalones
y enseñaban las rodillas.

Se enfermaron dos mocosos
porque comieron piñón,
y torcidos como cusos
lamentaban su dolor.

Un muchahcito taroso
regó dos potos de puro
y con un chirrión bien grueso
sus padres le dieron duro.

Apenas cantan los gallos,
se mira a los campesinos
en esmirriados caballos
cruzando por los caminos.

Fumándose un buen chamico
distraen sus soledades
y tocando el rondador
sueñan un tiempo mejor.

Usan un pantalón joto,
un poncho rojo encendido,
y un sombrero de paja
sobre su rostro sufrido.

Se bajan en las vertientes,
toman agua con la mano
y quedan como chirotes
cuando mojan su cabeza,
para quitar la pereza.

A veces llevan tarallas
maní, café o cañabravas
y atadas como soberna
de repente van las habas.

En la oficina reunidos,
de noche los campesinos
contaban de aparecidos
que vieron por los caminos.

Dijo un cholo al relatar
que vio tan de cerca a un shiro
que le pudo hasta contar
los dientes cuchiquiros.

Contó un paisano miedoso,
que chiflón lo tiró al suelo
al pasar frente a la casa
donde hace tiempo hubo un duelo.

Otro dijo por su lado,
que al pasar por una tranca
agüaitó por un costado
y miró arder una huaca.

También contó otro fulano,
que con un tridente güiro
pasó el diablo por su lado
soasándolo todo el cuero.

En la curva antes del puente
donde se murió un chulío,
dicen que se oye un lamento
que hace dar escalofrío.

Y otro dijo muy seguro
que miró a la luterana
con un pañolón oscuro
pasar frente a su ventana.

Se habló del carro del diablo
y del cura sin cabeza
que a mucha gente del pueblo
la tomaron por sorpresa.

Dijo un petaco asustado:
me chuqué con un picante
al ver un duende metido
en un rangalido estante.

Al final gritó un valiente
endúrense, compañeros
que no hay que ser maletas;
crucen de noche las huertas
adivinando el sendero;
no hay que asustarse de nada,
los muertos duermen en calma,
canten a la madrugada,
que el canto alegra las almas.

Si en la noche cruza un lapo,
corre un tumulle, un cuzumbo,
brinca un añango o un sapo,
un perro negro y shalshungo,
un macanche o un colambo,
un chucurillo o un cuchucho;
el miedo nos hace presa,
vemos alucinaciones,
se nos mete en la cabeza,
que hemos visto a los gagones.

En mi provincia es costumbre
dar un trago, pan y lumbre,
brindar abierta la mano,
a todo al que va pasando.

Es lindo mirar la gente,
caminar alegremente,
y en los parques amishcados
ver a los enamorados.

Un charro con su trinar
queriendo al mundo alegrar
y un cholo con un chicote
poner a su caballo al trote,
mientras se nos pierde el sol
entre nubes de arrebol.

Los puruhaes con sus ventas
bajo e portal hacen cuentas.

En un terrible aguacero,
bajando al barrio alverjero,
el Cubanito se apura
con su carro de dulzura.

En Macará en sol radiante,
acharau dice la gente,
y en Saraguro, caray,
la gente dice achachay.

Hijitico esta es la vida
en mi provincia querida
hay de todo en el lugar
climas del cerro y del mar.

El 18 de noviembre
por orden municipal
se pintan las paredes
y la puerta principal.

Con sapolín y lechada,
relucían las fachadas
y se adornan las calles
desde el cuartel hasta El Valle

En el mercado las compras
nos pasaban bien tirante,
daban vendajes y yapas
porque todo era abundante.

En ese tiempo botaban
el cuntagullo y las patas,
muchas cosas regalaban
y hasta la plata sobraba.

Hoy por cerveza dan mishque,
nos dan gato por conejo,
puro diciendo que es güisqui
sonsonetes por boleros
y venden muebles Luis XV
hechos de los chaguarqueros.

Lindas épocas pasadas,
hoy ya no hay carne ni fruta,
y las vacas asustadas
ya no nos dan ni la shucta.

Hoy, quisiera entretenerme
pichoneando algún caballo
entre los faiques perderme
y atravesar como un rayo
por invernas y caminos.

Volver fatigado a casa,
con niguas, huros, iñucos,
trayendo en las angarillas
amarradas con bejucos:
ramas secas, leña y yescas,
que no se encuentren tan frescas
para poderlas quemar
y la chamiza saltar.

A todos darles paltana
y correr a ver quien gana;
esconderme en algún troje
y entre cujas brincar
hasta hacerlas desarmar.

Con un cungapaño viejo
unas telas percudidas
y con una media rota,
fabricarme una pelota.

Llegar de una cacería,
con un quillillico al hombro
y un patillo en el bolsillo,
el pantalón hecho escombros
sucho ya de tanto andar,
venir con desintería
con arcada y calentura;
y luego de la retada
que papá solía darme,
ver salir como tintura
el agua tibia del baño;
y antes de que yo me seque
mi madre vendrá a brindarme
leche caliente y un queque
para lograr consolarme.

Vestir la mejor parada,
y recibir las medidas,
luego salir a chontear
y con piropos en verso
muchas chicas conquistar.

Yo sé que esto es solo sueño;
ya no volverá el pasado
feliz, tranquilo y risueño
que el tiempo lo ha sepultado.

Para consolar mis males
yo recorro la distancia
las calles y los portales
por donde cruzo mi infancia.

Veo en mi loco delirio
a la Shananga y su quipe,
a la Chinchina y Macario,
al Viejo Vago, al Ishpipe.

Por otro lado pasean,
Guililín y la Lechuza
y el Guaguá con su correa
produce una escaramuza.

Todo esto es solo recuerdo
y me embarga la añoranza,
pero pienso en el retorno
y tengo nueva esperanza.

Cuando veo algún paisano
en la costa o en la sierra,
lo saludo con la mano
y me acerco a ver si puede
contarme algo de la tierra.

Mi corazón siempre ausente
de la ciudad que yo anhelo,
y mi alma en ella presente
porque en ella está mi cielo.